Cuando ser IL no era la excepción, sino la regla

16/09/2020

14/09/2020 Fuente El Español.

Se suele sugerir que la tolerancia a la lactosa es un “fallo” en el metabolismo humano, dado que existe una gran cantidad de seres humanos con diversos grados de intolerancia a este azúcar naturalmente presente en la leche y sus derivados: hasta un 75% de la población mundial tendría algún grado de intolerancia a la lactosa, aunque se sabe que hay una clara desigualdad entre zonas geográficas. En España, se estima que existe entre un 20-40% de intolerantes.

Sin embargo, la realidad es que la tolerancia a la lactosa, o capacidad para procesar este azúcar natural, data de hace miles de años; y se extendió significativamente rápido por Europa. Concretamente, según el nuevo trabajo publicado en Current Biology, se estima que los seres humanos son tolerantes a la lactosa desde al menos la Edad de Bronce, alrededor del año 1200 a.C.

Es evidente que la capacidad del ser humano para digerir la leche y sus derivados, al contrario que el resto de animales, que tan solo consumen leche durante la lactancia, ha cambiado los hábitos alimenticios de nuestra especie desde hace siglos. Sin embargo, hasta ahora no se tenía claro cuándo se inició esta capacidad para procesar la lactosa.

La mutación europea

De hecho, es llamativo el hecho de que el consumo de leche es muy popular tanto en Europa como en América del Norte, pero gran parte de la población mundial es intolerante a la misma. Incluso los animales, motivo por el cual está desaconsejado seguir dando leche a mascotas como los perros o gatos cuando ya se encuentran en la edad adulta.

Aún así, se sabe que un pequeño conjunto de seres humanos posee una mutación genética que permite a la enzima lactasa digerir el azúcar lactosa. Y muchos de esos seres humanos habitan Europa Central o el Norte de Europa.

Ahora, un grupo de investigadores de la Universidad Stony Brook, parte de los cuales fueron dirigidos por el profesor Krishna Veeramah, habría detectado pruebas de esta tolerancia a la lactosa en huesos con al menos 3.000 años de antigüedad. Concretamente, estudiaron restos de una batalla producida a orillas del río Tollense, en Alemania, durante la Edad de Bronce. Se calcula que participaron alrededor de 4.000 guerreros, pero alrededor de 1.000 de ellos perdieron la vida durante la lucha. 

En este caso, la misión de Veeramah y su equipo era analizar la ascendencia genética de los guerreros involucrados en esta batalla, y compararlos con los genes de otras poblaciones antiguas y modernas. Posteriormente, compararon la frecuencia del alelo persistente a la lactasa.

Los restos de una guerra

Por su parte, el equipo general de investigadores, dirigido por Joachim Burger, de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, llegó a la conclusión de que en el momento de producirse dicha batalla los guerreros ya consumían productos lácteos derivados de vacunos, cabras y ovejas domesticadas. Sin embargo, solo uno de cada ocho de los guerreros estudiados poseían la variante genética capaz de procesar la lactosa. Es decir, tan solo el 12,5% de la población.

Sin embargo, al estudiar un periodo posterior, como la Edad Media, apenas unos 2.000 años después, los investigadores detectaron hasta un 60% de individuos capaces de beber leche en la edad adulta. Un porcentaje que ascendería al 70-90% en algunos países de Europa Central en la época actual.

Según los investigadores, a pesar de que hablamos de miles de años de diferencia, esto realmente implicaría un enorme cambio en la tasa de individuos capaces de digerir la leche en Europa Central: el gen responsable de otorgar la capacidad para diferir la leche se habría transferido de generación en generación muy rápido.

De hecho, según sus hallazgos, la capacidad de digerir la lactosa aumentaría hasta un 6% la probabilidad de tener hijos en el pasado. Esto implicaría un claro ejemplo de selección natural.

Como puntualiza Burger, aún no se sabe a ciencia cierta por qué poder digerir este tipo de azúcar de la leche en la edad adulta otorgaría ventajas evolutivas. Su hipótesis es que se trata de una bebida de alta energía y relativamente no contaminada, algo que podría haber aumentado las posibilidades de supervivencia en el pasado. Sin embargo, actualmente, dadas las múltiples opciones existentes, no se trata de un alimento esencial ni imprescindible.